jAl revisar registros históricos de eclipses solares ocurridos en la antigüedad, Halley notó algo inquietante: esos eventos no habían sucedido en las fechas ni a las horas que indicaban los cálculos matemáticos. Cuanto más remoto era el eclipse, mayor era la discrepancia. Halley intuyó entonces que la única explicación posible era que los días se estaban alargando lentamente, como si un freno cósmico actuara sobre la rotación de la Tierra. Pero murió sin saber cuál era ese mecanismo.
   Décadas más tarde, el filósofo Immanuel Kant señaló al culpable: las mareas. La física moderna confirmó su corazonada. La Luna atrae los océanos y deforma la superficie marina creando dos bultos de agua, uno frente al satélite y otro en el lado opuesto. Como la Tierra gira sobre su eje mucho más rápido de lo que la Luna orbita, el planeta rota literalmente dentro de esos bultos oceánicos. La fricción del agua contra el lecho marino roba energía al movimiento de rotación. El resultado es que el día se alarga a un ritmo de dos segundos cada cien mil años. Es una fracción imperceptible en una vida humana, pero acumulada a lo largo de los 4500 millones de años de historia de nuestro planeta, la diferencia es colosal.

   Si la duración del año —la traslación alrededor del Sol— se mantuvo prácticamente constante, un día más corto en el pasado implica forzosamente que en aquella época cada año contenía muchos más días. Pero, ¿cómo comprobarlo sin disponer de una máquina del tiempo? En 1963, el paleontólogo John Wells encontró la respuesta en un lugar insospechado: los corales fósiles.
   Estos animales marinos crecen como los árboles, formando anillos anuales que registran las estaciones. Pero Wells observó algo mucho más sutil: dentro de cada anillo anual, los corales presentan finísimas líneas de crecimiento que se acumulan una por cada día. Durante el día absorben más nutrientes y su esqueleto se expande por la noche se ralentizan. Así, contar esas estrías diarias dentro de un único anillo anual revela cuántos días tenía un año cuando ese coral estaba vivo.
   Los números que obtuvo Wells son asombrosos. Un coral de finales del Cretácico, hace unos 66 millones de años, muestra que el año duraba entonces unos 370 días. Retrocediendo al Triásico, hace 200 millones de años, la cifra asciende a 381 días. Y si nos vamos al Cámbrico, hace 500 millones de años, los corales indican que el año llegó a tener entre 400 y 412 días. Eso significa que el día, en aquel remoto pasado, transcurría en poco más de veintiuna horas.

   Estos datos, perfectamente compatibles con los cálculos de la mecánica celeste, demuestran de forma tangible que la rotación terrestre se ha ido ralentizando gracias a la fricción mareal impulsada por la Luna. Cada siglo, el planeta añade una milésima de segundo a su día. Pero a escala geológica, los corales se convierten en cronómetros fosilizados que nos susurran una verdad fascinante: en la época de los primeros trilobites, los días eran más cortos, el tiempo corría más rápido y el cielo nocturno ofrecía más de cuatrocientas puestas de sol al año. Esta conexión entre la astronomía y la biología es una belleza extraordinaria de la ciencia, que nos permite mirar al pasado y ver cómo la Luna, con su suave pero incesante marea, fue alargando nuestros días durante millones de años.
Fuente: diarionorte.com
